|
|
En el Concejo de Espinama, además de su iglesia parroquial, dedicada a San Vicente Mártir, del monasterio de San Juan de Naranco y de las ermitas de Santiago, en Las Ilces, y de San Roque, en Pido, existieron otros templos. Dentro de las construcciones de la Obra Pía, en Espinama, se incluyó, por mandato de Alejandro Rodríguez de Cosgaya, el fundador, una capilla dedicada a la Virgen del Rosario. También en Espinama hubo una ermita bajo la advocación de Santa Eugenia. De ella nos ocupamos a continuación.
La primera referencia que conozco que habla de esta ermita es una escritura del 20 de marzo de 1629 sobre la venta de unos bienes heredados por María Diez de Encinas, de Espinama. Entre ellos se incluye un "suelo de hórreo junto a la ermita de Santa Eugenia".
De pocos años antes son las Ordenanzas del Concejo de Espinama, que datan de 1625. Su capítulo 54, dedicado a la dehesa de Cueva, dice que "son los límites de esta dehesa de el Hoyo Lambladi a lo alto de los Coteros todo el Sierro del Rasgo a la puente de Santa Eugenia". El nombre de este puente, igual que pasaba con el de San Vicente que tomaba su nombre de la iglesia próxima a él, nos indica de su cercanía a la ermita, que, por tanto, ya existía con la suficiente antelación como para que se hubiera generalizado ese nombre del puente. Además, dado que las Ordenanzas de 1625 son copia y actualización de otras anteriores, cabe pensar que la antigüedad de la ermita se podía retrotraer a algún siglo anterior.
El puente de Santa Eugenia es, o era, el situado sobre el río Nevandi, junto a El Molinuco. La ermita podría haber estado por la zona de la casa que fue de los difuntos José Lera y su mujer Ernestina. Según me contaron ellos hace ya muchos años, en su casa aparecieron restos que podrían denotar la presencia de la ermita.
De lo que nos consta, fue desde mediados del siglo XVII hasta principios del XVIII cuando la ermita tuvo mayor devoción. Así se constata en las mandas de misas incluidas en los testamentos de los vecinos de Espinama. El más antiguo en el que aparece es el de Juan Rodríguez de Cosgaya que ordena en 1655 dos misas en la ermita de Santa Eugenia. En los años siguientes hacen lo mismo Juan de Caldevilla y Catalina Rodríguez (1667, 2 misas), Miguel de Caldevilla (1667, otras 2), Juan Diez de Encinas (1669, 2), María de Benito (1671, 2), Alonso Rodríguez de Cosgaya (1672, 2), Toribio Calvo (1677, 2), Catalina Llorente (1678, 1), María González (1678, 2), Francisco García (1680, 2), Catalina de Posada (1682, 1), María de la Portilla (1682, 2), Blas de Benito (1683, 1), Francisca Fernández de Bulnes (1683, 3), María de los Casares (1683, 2), Pedro de Caldevilla (1683, 1), Matías de Benito (1684, 1), Juana Briz (1685, 2), Catalina de Beares (1704, 4), María Gómez (1704, 4), Inés González de Noriega (1706, 2) y Domingo Rodríguez de Cosgaya (1710, 2 misas). Felipe Briz, por su parte, le deja en 1690 cuatro reales de limosna.
Es por estos años cuando también se pone el nombre de Eugenia a algunas bebés. Así, en 1677 Matías de Benito y María Briz bautizan con ese nombre a su hija, lo mismo que hacen en 1700 Juan Antón y Teresa de Benito. Ya antes, sin embargo, nos consta una Eugenia García que en 1634 se casó con Pablo González de Cosgaya. Y después ha seguido presente en el Concejo, aunque fuera por la costumbre de poner nombres de abuelas o parientes a las niñas.
El esplendor de la ermita de Santa Eugenia no duró mucho. Ya vemos que las últimas misas ordenadas en testamentos son de 1710. Otro hecho nos lo confirma. Cuando en 1752 se realiza el Catastro del Marqués de la Ensenada, la iglesia parroquial y las ermitas de San Roque y Santiago declaran diversas fincas que poseían. En cambio, la ermita de Santa Eugenia, no, lo que indica que carecía de bienes e incluso, quizás, que ya no existía.
Hoy no queda resto alguno de la ermita, aunque quizás la tradición de "los cencerrones", que tenía lugar los tres últimos días del mes de enero en Espinama tenga que ver con ella, no en vano la fiesta de Santa Eugenia es el 31 de enero.